CONSEJOS PARA LLEGAR A LOS 90 AÑOS Y MÁS
Quien más vive más puede vivir» (Luis Corsini, 1876). Con 90 años a Félix no le molesta que le digan viejo; su filosofía de la vida y la sabiduría que ha bebido de ella, le permiten estar plenamente consciente de una verdad que repite hasta el cansancio: el cuerpo podrá envejecer, pero el alma nunca. En los últimos años, en nuestro país, el número de nonagenarios se ha multiplicado casi por 4,5. Numerosos países conseguirán en 2050 alcanzar para los nonagenarios el 10% de la población (Japón, Finlandia, Suecia, Suiza, EE UU, Alemania, Francia y España, entre otros).Y, ¿quiénes son? ¿Cómo consiguen vivir tantos años? La mayoría son viudos, viven con su familia, tienen estudios muy básicos e ingresos económicos propios. Si bien las familias no abandonan a los nonagenarios, muchos de ellos no participan en actividades fuera del hogar; hay una escasa ocupación creativa del tiempo libre. Esto es así porque a las personas mayores de 90 años y más no se les da un espacio en la sociedad; dicen que no saben qué lugar ocupan en la estructura donde viven. Félix, considera que su rol de abuelo es familiar, no social, claramente insuficiente para garantizar la satisfacción de las necesidades psicológicas y sociales del anciano nonagenario. Esta puede que sea la causa principal de sus trastornos emocionales de ansiedad y depresión.
Como destaca la ONU, los grupos de ancianos nonagenarios están en situación de alta vulnerabilidad cuando viven solos, aislados, con discapacidades y con escasos recursos económicos. Sin duda, podemos pensar que el declive de las habilidades cognitivas (memoria, atención, pensamiento y lenguaje) puede explicarse por la carencia de actividad intelectual y psicosocial (relaciones sociales, actividades de ocio y diversión, lectura, juegos mentales...) y por el aislamiento social, más que por el propio envejecimiento. Pero, para mantener un eficaz estado mental y afectivo, es esencial el apoyo social, emocional e instrumental. Una actitud ante la vida destaca sobremanera en todos ellos: les gusta disfrutar de la vida en todas sus dimensiones. Tal vez esta actitud sea clave para explicar la longevidad extrema de estas personas. Además, sabemos perfectamente que «todo lo que somos es el resultado de lo que pensamos» y cada vez se confirma más que el pensamiento positivo refuerza el sistema inmune y protege al organismo de las enfermedades. Son personas que cada día libran pequeñas batallas (salir de la cama un día especialmente frío), llevan la paciencia hasta límites insospechados y sueñan con los ojos abiertos. No obstante, el incremento de la dependencia entre los ancianos de 90 años y más exige una mayor protección. Pero el rechazo de la propia muerte se expresa por la ausencia de personas con disponibilidad y entrenamiento para ocuparse de ellos. Por eso, abandonados muchas veces a ellos mismos, con desaparición de vínculos afectivos antiguos y cohabitación con desconocidos, sufren de estrés severo inducido.
En cuanto a la sexualidad, ésta no tiene límites para exteriorizarse; siempre nos acompaña; sólo varía la forma de manifestarse. En las personas de 90 años y más, puede buscarse la descarga de tensión, el placer con el otro, una autoafirmación narcisista o todo al mismo tiempo, pero el deseo sexual no se interrumpe nunca. Por lo tanto, en un estado de salud razonable, no hay motivo para que no se puedan continuar experimentando y ejercitando la función genital hasta edades muy avanzadas. Esta posibilidad es consecutiva a la disposición previa que el anciano haya tenido para con su sexualidad a lo largo de la vida. Las comparaciones no deben hacerse con edades más jóvenes; esta actitud es el enemigo del anciano. En la mujer, igual que en el hombre, el paso del tiempo impone signos irreversibles (arrugas, manchas seniles, pérdida de tersura de la piel, etcétera) que disparan la tensión narcisista. Estamos en la antesala del colapso narcisista. Lo que es normal puede convertirse en patológico. La restricción infundada de la sexualidad genera síntomas más perniciosos que la actividad misma. Ansiedad, depresión y hostilidad son producidas por la inhibición sexual. En esta edad, la sexualidad no sólo persiste (alguien decía que la sexualidad dura un día más de la muerte), sino que es necesaria, va más allá de la genitalidad, y el sentirse necesario, buscado y querido son nuevas formas que autoafirman la feminidad y la masculinidad.
La afectación de la autoestima, como consecuencia de las pérdidas afectivas continuas, ataca directamente el narcisismo individual del anciano, lo cual da origen frecuentemente a pena y tristeza. Surgen los recuerdos, la conversación gira alrededor de lo perdido, el mundo no tiene sentido, hay retracción y desgana. Se acentúan los autorreproches, la abulia, los temores infundados. Se trata de un síndrome más allá de estados disfóricos como el ánimo triste, el desánimo, el abatimiento e, incluso, la pena. La depresión se dispara en el caso de los ancianos con deterioro físico y social, con sensación de aislamiento, pérdida de autonomía y de intimidad, baja autoestima y ausencia de proyectos de futuro. Las ofensas y rencores que vamos acumulando en nuestro ciclo vital son tal vez la carga más pesada que podemos arrastrar y que minan nuestra energía vital. Estos estados negativos de conciencia son incompatibles con una vida longeva porque aumentan el riesgo de muerte prematura no sólo por el incremento de posibles suicidios, sino por la aparición de graves enfermedades somáticas, encontrándose, además, tasas de mortalidad más elevadas entre las personas con escaso apoyo social. Frente a esta neblina de la depresión, no hay mejor terapia que la conversación con alguien capaz de escuchar activamente. De igual manera que la alegría compartida se multiplica, la tristeza se desvanece cuando es compartida con otras personas. Por el contrario, los ancianos optimistas tienen más probabilidades de evitar los problemas de salud, se recuperan con mayor rapidez de una operación, están más contentos y viven más que los pesimistas. El mantener buenas dosis de ilusión posibilita una interpretación muy positiva de la realidad. ¿Qué tienen en común los numerosos personajes intelectuales (Dyk. 99 años, feminista; Monod, 98, naturalista; Oliphant, 98, científico; Cartland, 98, novelista romántica...) que a sus 90 años conservan una gran productividad intelectual? Sin duda, son personas idealistas que se mantienen intelectualmente activas, aunque es difícil saber si llegaron a ser nonagenarias por estos motivos.
Las personas que se centran en el presente y en el futuro inmediato perciben que la vida tiene todavía cosas para ofrecer. El ejercicio físico moderado y esas ganas tremendas de vivir parecen ser los secretos más guardados de estas personas para alcanzar la longevidad. En efecto, investigadores de la Universidad de Virginia (EE UU), con una muestra de más de 2.000 personas de 71 a 93 años al inicio del estudio, pudieron comprobar en las personas que practicaban ejercicio y una gran dosis de ilusión por vivir, una reducción del riesgo de demencia del 80%. Incluso, se permiten hacer proyectos y tener expectativas sin estar pendientes todo el tiempo del final de su existencia. No cabe la menor duda de que nos encontramos ante personas que saben ‘vivir', que saben disfrutar de la vida integralmente y que se encuentran dispuestos a permanecer activos en cada uno de los aspectos de la vida. Personas que como Félix tienen una actitud generosa hacia la realidad, que aceptan aquello que les proporciona la vida y que tienen una existencia feliz y despreocupada. Persiguiendo la sabiduría y la iluminación no se pueden desentender de la salud de su cuerpo. En su pasarela del espíritu, el anciano nonagenario ha encontrado la belleza interior, el esplendor natural que surge de la bondad y de la confianza en uno mismo. Tal vez en esa belleza interior y en esa llama que alimenta buenos pensamientos resida la clave de nuestra longevidad.
[Fuente: elcomerciodigital.com]
